SIERVOS POR AMOR

 

SIERVOS POR AMOR 

Por: David Hernández 

 

Juan 21:15-17 

 

INTRODUCCIÓN 

 

La Biblia plantea el amor como la premisa fundamental para el desarrollo del servicio cristiano. El único motivo aceptable para el servicio espiritual es el amor que mostremos nosotros hacia el Cristo resucitado, lo cual se demostrará por la subordinación de nuestras vidas a la supremacía de su voluntad. En el texto leído Jesús interroga a Pedro sobre el alcance de su amor por él, y pone a su cargo lo que él mas ama: su rebaño. «Pastorea mis ovejas» es obra pastoral, y para ello se exige, por sobre todas las cosas, un gran amor por el buen Pastor de las ovejas. 

 

La Biblia plantea varios ejemplos sobre el servicio por amor, así que para clarificar el tema que nos ocupa traeremos a colación un caso muy bien definido en ese sentido y es el que tiene que ver con la reglamentación de la esclavitud en Israel. 

 

La esclavitud era parte de la organización social de todos los pueblos de la antigüedad, y era el medio de producción sobre el que sustentaban su economía.  La Biblia menciona diversas maneras de adquirir esclavos: 

 

  • Haciéndolos prisioneros durante las guerras. (Num. 31:9) 

  • Por compra a un marchante de esclavos. (Gn. 17:27) 

  • Por nacimiento en la casa del dueño. (Gn. 17:12) 

  • En virtud del sistema de compensación: el ladrón, incapaz de restituir lo que había robado, era vendido como esclavo; también el deudor insolvente o sus hijos. (Ex. 22:3; 2 R. 4:1) 

  • Los israelitas que empobrecían hasta quedar insolventes podían venderse voluntariamente o vender a sus hijos. (Ex. 21:2) 

 

I.  LA LEGISLACIÓN ROMANA Y LA ESCLAVITUD 

 

Para la legislación romana el esclavo no existía como persona, Varrón definía al esclavo como «Instrumento Parlante», para distinguirle de los «instrumentos mugientes» (Bestias de carga), y de los instrumentos mudos (Herramientas); así que, en el imperio romano el esclavo no existía para el derecho; el esclavo no era una persona, lo cual puede verse de forma clara en la expresión del celebre jurisconsulto Ulpiano,  que al referirse a ellos muy categóricamente dice: «El esclavo u otro ganado.» El derecho romano concluía el poder ilimitado del amo sobre el esclavo, era un derecho de vida o muerte que ejercía el propietario. Al esclavo le eran negados los derechos civiles aún más elementales, perdía incluso su antiguo nombre imponiéndosele un seudónimo. 

 

Los amos romanos temiendo la pérdida, por muerte, fuga, o mutilación, de los instrumentos parlantes, no solo trataban de sacar de ellos el mayor beneficio posible con jornadas y esfuerzos infrahumanos, sino también de amortizar en el plazo más breve posible el gasto de su adquisición. Si el esclavo no era lucrativo económicamente no valía la pena gastar dinero en su manutención. El esclavo no podía hablar sin autorización de su amo, y si le daba permiso para hacerlo no lo podía mirar a la cara, en la mayoría de los casos vivían en extremo hacinamiento, un esclavo externo no podía ingresar a la casa del amo,  mucho menos pensar en sentarse a la mesa con él y su familia.  

 

Los autores antiguos mencionan con frecuencia, entre los castigos infligidos a los esclavos, azotes, latigazos, por causa de desobediencias muy sutiles, o por el sólo gusto del amo. Al que era acusado de ladrón se le quemaba las palmas de las manos con un hierro al rojo vivo o se les amputaba su mano derecha.  Al que era considerado charlatán se le quemaba con un hierro al rojo vivo la lengua.  

 

Las leyes del imperio eran muy severas en cuanto a los esclavos fugitivos, así que los que escapaban y eran recapturados, se les marcaba en el rostro con las letras FGV (Fugitivus) por medio de un hierro candente. Los más indóciles que reiteraban sus fugas eran encadenados en las ergástulas subterráneas, o enviados a hacer girar la rueda de un molino, o a las canteras; eran por último crucificados, lo que se consideraba el suplicio servil por excelencia. Un ciudadano romano no podía nunca por grave que fuera su delito ser rebajado a morir en una cruz. 

 

II. LA LEGISLACIÓN HEBREA Y LA ESCLAVITUD 

    (Ex. 21:1-11; Lev. 25:39-54; Dt. 15:12-18) 

 

En Israel el esclavo era concebido como una persona en desgracia y debía ser tratado con consideración y se le reconocían ciertos derechos.  

 

A los judíos el Señor les recomienda que si iban a tener esclavos los compraran de otros pueblos diferentes, que compraran a los extranjeros  que vivían entre ellos o a los hijos de éstos; pero: «los Israelitas mis siervos no serán vendidos a manera de esclavos entre ustedes mismos» (Lev 25:46). A los esclavos extranjeros los podían dejar de herencia a sus hijos, los podían tener por posesión permanente y servirse de ellos; pero no así con sus propios hermanos. El extranjero era esclavo para siempre sin esperanza de ser liberado nunca; sin embargo la ley Mosaica reconocía algunos derechos también al esclavo extranjero. 

 

En Israel el estatuto legal de un esclavo hebreo era muy diferente al de un esclavo extranjero. El Señor les dice:  

 

«Cuando tu hermano empobreciere, estando contigo, y se vendiere a ti; no le harás servir como esclavo, ni te enseñorearás de él con dureza. Él estará contigo como un jornalero o como un huésped y te servirá por seis años, pero al séptimo año saldrá libre de tu casa, lo dejarás ir libre». (Lev. 25:39-40) 

 

Si lo deseaba, el esclavo hebreo podía recibir la liberación al cabo de seis años de servicio. No se le podía maltratar, ni se le podía dejar ir con las manos vacías. Cuando el israelita se vendía a un extranjero que moraba en Israel, podía liberarse en el momento que dispusiera de la suma legalmente estipulada para el rescate. 

 

En el año del jubileo quedaban liberados todos los esclavos hebreos, tanto los que habían decidido  quedarse con sus amos en el año séptimo, como los que no habían cumplido todavía los seis años. Esta liberación se derivaba de la ley, que ordenaba a todo israelita volver a la propiedad de sus padres en el año del jubileo.  

 

El judío no podía ser esclavo de su hermano para siempre, el séptimo año podía salir libre, volver a su familia y se le restituía su heredad. Además el texto bíblico agrega: 

 

«Cuando lo despidieres libre no lo enviarás con las manos vacías; le abastecerás en abundancia de los animales de tu rebaño, de tus cultivos y de tu vino; es decir, compartirás con él los bienes que Jehová tu Dios te haya dado». (Dt. 15:13-14) 

 

Todo judío esclavo tenía la esperanza de la libertad y sabía que después de seis años podía regresar a su familia y se le restituiría la heredad de sus padres; además regresaba con posesiones en ganado, trigo y vino conforme a la generosidad de aquel a quien había servido. 

 

Para un esclavo judío cada día que pasaba, cada mes, cada año, lo acercaba más a su libertad con la convicción que volvería a su heredad, y a su familia; pero ya no en la miseria, sino que recobraría su estabilidad económica y en adelante podría vivir dignamente. Para el judío la esclavitud así reglamentada era una oportunidad para salir de la ruina económica. 

 

Sin embargo, muchos amos judíos ambiciosos preferían la reglamentación romana a la hora de tratar a sus esclavos, y así entonces, la esclavitud se convertía en una situación tan complicada para el esclavo hebreo que muchos prefrían huir de sus amos antes de cumplir el tiempo reglamentario de seis años. 

 

III. LA ACTITUD DEL SIERVO 

 

En Israel, sin embargo, la voluntad del esclavo estaba sujeta al deseo de su amo: 

 

«Le decía: ve y él iba; ven, y el esclavo venía; has esto y lo hacía». 

 

En San Lucas17:10 se da a entender que el siervo sabía que después de trabajar todo el día arando el campo o apacentando el ganado,  al volver del trabajo cansado, sediento y hambriento, su amo lo esperaba en casa con más quehaceres. El siervo no esperaba encontrar la mesa arreglada para sentarse a descansar y a comer; regresaba en la tarde y su amo al verlo llegar le decía: 

 

«Prepárame la cena, y disponte a atenderme mientras yo como y bebo. Después tu podrás comer y beber». 

 

No había una palabra de gratitud porque el siervo cumplidamente hacía lo que se le había ordenado, mucho menos una remuneración económica, al contrario se resalta la inutilidad del siervo por cumplir con todo lo encomendado, solo había hecho lo que tenía que hacer y por extensas que fueran sus jornadas, nunca haría mas de lo que por deber le tocaba. Eso era lo normal: obedecer, trabajar arduamente y servir con diligencia, sin esperar nada a cambio. El siervo no era dueño de su fuerza de trabajo, ni de su propia vida, en todo se debía a su amo, que había pagado un precio por él.  

 

El era esclavo por que le tocaba, pues tenía un compromiso legal con su amo, y estaba en la obligación de servirle, aunque no lo deseara; y era de esa manera que servían la mayoría de esclavos a sus amos, por cumplir con la ley. Para ese hombre la libertad era como volver a la vida, así que esperaba con ansiedad que llegara el año del jubileo o que cumpliera sus seis años de servicio para recobrar su libertad en el séptimo año; otros, en el peor de los casos, no resistían los malos tratos, ni las presiones de la esclavitud y escapaban, lo cual los convertía en delincuentes. 

 

Pero también había en Israel amos que en obediencia al deseo de Dios en cuanto al trato de los esclavos, los habían recibido en su casa como unos huéspedes, y en consecuencia se habían ganado el afecto de sus esclavos que les servían con amor. 

 

IV.  AL FIN LIBRE…PARA SERVIR POR AMOR 

 

Tanto el siervo mal tratado que odiaba a su amo; como el bien tratado, que lo amaba, tenían derecho a su libertad al cumplir seis años de servicio. La diferencia estaba en que uno anhelaba con ansias aquel día de su liberación, entre tanto que el otro no deseaba irse del lado de su amo. 

 

Veamos lo que dice el texto bíblico: 

 

«Si compras siervo hebreo, seis años servirá; pero al séptimo saldrá libre, de balde. Si entró solo, solo saldrá; si tenía mujer, su mujer saldrá con él. Si su amo le dio una mujer, y ella le dio hijos o hijas, la mujer y sus hijos serán de su amo, y él saldrá solo. Pero si el siervo dice: ‘Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; no quiero salir libre’; entonces su amo lo llevará ante Dios, lo arrimará  a la puerta o al poste, y con un punzón le atravesará la oreja. Así será esclavo suyo para siempre». (Éxodo 21:2-6) 

 

El esclavo llegó pensando  que en ese hombre, (su amo), estaba la solución, confiaba  que en seis años de duro trabajo recuperaría todo  y volvería a ser libre. Cuando el sol golpeaba su espalda, cuando el cansancio tomaba su cuerpo, cuando trabajaba y trabajaba y al final se sentía inútil; pues nada de lo que producía era para él; entonces anhelaba su libertad, el regreso a su heredad, el volver a ser un ciudadano judío con todos sus derechos; su deseo era no seguir siendo esclavo. 

 

Pero el tiempo va pasando y su amo le habla con confianza,  nunca lo trata mal, sino al contrario, muy bien, como a un huésped. Le da una esposa, que a su vez le da hijos, el amo trata con ternura a su hijos, le da un lugar digno donde vivir dentro de su casa, le invita a sentarse a la mesa con él, le habla como a un amigo, le provee todo lo que necesita, le agradece por sus servicios y al final no le niega su libertad. El siervo se sentía parte de esa familia donde nunca lo trataron como a un esclavo, y es verdad allí lo tiene todo.  

 

Su amo le recuerda y le dice: cuando quieras irte, te daré parte de mi ganado, de mis cultivos y de mi vino; mientras estés conmigo, todo lo mío es tuyo, así que pídeme lo que quieras que yo te lo daré. Por lo tanto con el correr del tiempo, este siervo, aprende a amar a su amo y cambia de parecer, ya no quiere irse del lado de su Señor; sino que decide ser su siervo para siempre. 

 

El afecto y buen trato de su amo, su propia esposa, sus hijos; todo lo que amaba, está ahí en esa casa, además él no se sentía un esclavo.  Todo eso, en seis años, lo había seducido a quedarse, el se dejó seducir con esos argumentos fuertes del amor; el amor fue más grande y venció sus anhelos  de libertad. ¡Que extraño! la libertad es el don mas preciado del hombre, pero este siervo renuncia a ella por amor. 

 

Jeremías 20:7-9, dice: 

  

¡Me sedujiste, Oh Jehová, y me deje seducir!  

¡Más  fuerte fuiste que yo, y me venciste!  

¡Cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí!  

Cuantas veces hablo, doy voces, grito:  

«Violencia y destrucción»;  

Porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día.  

Por eso dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre;  

No obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de resistirlo, pero no pude». 

 

Encontramos aquí a un hombre seducido por Dios, el argumento del amor Divino lo venció; pero cuando Jeremías se enfrenta a la dura realidad del ministerio profético se siente engañado por el Señor,  El no esperaba que fuera así, el tenía otras expectativas respecto al ministerio, así que decide no continuar obedeciendo a su Dios, ahora quiere renunciar a todo; y una vez más, el profeta manifiesta su dolor por las burlas, y persecuciones de que es objeto; sin embargo, no pudo resistir el fuego del llamamiento y del amor; trabajó para resistirlo pero no pudo, así que expresa con vigor la tensión que produce en su alma la necesidad de proclamar la palabra de Jehová:  

 

¡Mis entrañas, mis entrañas! 

Me duelen las fibras de mi corazón; 

Mi corazón se agita dentro de mí; no callaré…» (Jeremías 4:19) 

 

Había sido seducido como la doncella que en su ingenuidad es atrapada por la habilidad del varón que sabe seducir, y Jeremías sin darse cuenta  fue cayendo vencido bajo los encantos de su Señor, pero no por la fuerza del deber, sino por la fuerza del amor, y ahora el corazón le ardía, estaba vencido, y su alma se debatía en una lucha sin cuartel, por un lado el deseo de abandonar un ministerio que sólo le producía sufrimientos y por otro la imposibilidad de resistirse a una compulsión interior mucho más fuerte que él. «Si el león ruge, ¿quien no temerá? Si habla Jehová, el Señor, ¿Quién no profetizará?» (Amós 3:8). Así que aunque él se siente como impulsado a desistir de su misión profética, el Señor no le permite seguir ese camino fácil. El amor fue más fuerte y lo venció. 

 

Retomando el caso del afortunado esclavo judío que tenía ese gran y buen señor, podría decirse que al ver acercase el día de su libertad no estaba feliz, y más bien Pensaba: 

 

¿Quién sabe si mi amo me obligará a marchar?  

¿Quién sabe si me escuchará? 

¿Quién sabe si me  permitirá seguir en su casa?  

Sé que no me iré con las manos vacías, pero no tiene sentido irme; prefiero renunciar a mi libertad, a mi heredad, a mi remuneración, a mi familia paterna, quiero quedarme aquí donde está todo lo que amo». 

 

Ansioso esperaba aquel día, tenía todo preparado en su mente: ¿Qué le diría a su amo? ¿Qué palabras usaría? Le diría:  

 

-No te dejaré, yo amo a mi señor, a mi mujer  y a mis hijos; no quiero salir libre, porque además me va bien contigo.  

 

Era posible que su amo bueno lo escuchara. Llegó el día y el amo le dice:  

 

-Mi siervo se ha cumplido el tiempo, hoy eres libre, ya puedes marcharte, tengo escogidos animales, parte de la cosecha y otros dones que son para ti. 

 

Entonces el siervo con actitud de ruego le dice: 

 

-¡No mi señor, no te dejaré! Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; no saldré libre, seré tu siervo para siempre…por amor. 

 

Su señor le pregunta:  

-¿Por qué has tomado esa decisión?  

 

El siervo responde:  

-Porque yo amo a mi señor. Amo lo tengo todo al lado suyo, no acepto mi libertad. He sido siervo seis años en cumplimiento de la ley; pero a partir de hoy quiero ser siervo por amor».  

 

Seis años sirvió cumpliendo con el deber que la ley le exigía, pero ahora quería servir de manera voluntaria motivado solo por amor. El no tenía intereses personales, si así fuera hubiera marchado, pero quería quedarse por que amaba a su señor. 

 

«Me sedujiste, Oh Jehová, y fui seducido; más  fuerte fuiste que yo, y me venciste»; Así es el llamamiento al ministerio Santo, el ministro ha sido seducido con fuertes argumentos de amor, el trato que le da su Señor ha sido tan bueno, tan especial, que él no puede resistirse y cae vencido a sus pies. El ministro–siervo demuestra su amor por la subordinación de su vida a la supremacía de la voluntad Divina y en su permanente disposición a renunciar a todo para servirle desinteresadamente.  

 

Pero había algo que producía cierto temor al «Siervo por Amor» y era la dolorosa y cruenta ceremonia con la cual sellaría el pacto de ser siervo para siempre. Su oreja tenía que ser perforada con un punzón y quedaría marcado de forma permanente. Pero el amor lo llevaba a superar todos aquellos temores. «El verdadero amor hecha fuera el temor», y como no era posible de otra manera; entonces con la angustia que le producía ser horadado en lugar visible, se disponía a obedecer yendo con su amo delante de Dios, al lugar donde sellarían el pacto. 

 

Esto nos recuerda algo que sucedió en el Getsemaní con el Siervo por excelencia, allí el estaba frente a su libertad, pero obediente escogió quedarse para ser siervo por amor: 

 

«Y tomado a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo. 

Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mt. 26:37-39) 

 

«Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios. 

Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás. Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no escondí mi rostro  de los que me insultaban y escupían. Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado». (Is. 50:47) 

 

El trabajo era duro y se sentía oprobiado por tener que llevar una carga y una maldición que no era suya, muchos se burlaban de él y él sentía la afrenta de ser esclavo, y así lo expresa proféticamente el Salmo 22: 

 

«Pero yo soy gusano y no hombre; oprobio de los hombres y despreciado del pueblo. Todos los que me ven se burlan de mí; tuercen la boca y menean la cabeza…he sido derramado como el agua y todos mis huesos se descoyuntaron. 

Mi corazón fue como cera, derritiéndose dentro de mí. 

Como tiesto se secó mi vigor y mi lengua se pegó a mi paladar. 

¡Me has puesto en el polvo de la muerte!» (Salmo 22:6-7,14-15) 

 

Cuando el esclavo, a sabiendas que acogía el sacrifico, toma la decisión de quedarse para siempre en la casa de su señor; simboliza a Jesús en el Getsemaní asumiendo la voluntad del padre por encima de la suya propia. En muchos casos la voluntad humana se contrapone a la divina; pero si el ministro quiere ser siervo por amor, deberá entonces someter su propia voluntad y aceptar la de Dios con todas las connotaciones de muerte que implica asumirla. Aunque el siervo tenía que ser herido y desfigurado su parecer, el decidió aceptar de manera voluntaria aquel sacrifico por amor. 

 

«De cierto, de cierto os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá…» (Jn. 12:24-25) 

 

La incorporación definitiva del esclavo a la casa de su dueño se realiza simbólicamente en la puerta, es decir en el lugar de entrada, que en ese momento se convierte en un santuario  o altar de sacrificio. Una vez en la puerta es arrimado al poste y sobre el lóbulo de su oreja se le  pone el punzón, el Juez invoca el nombre de Jehová y golpea para perforar la oreja, se oye un grito de dolor, y sale abundante sangre.  Jesús colgado en el madero y horadado su cuerpo es el antitipo del esclavo cuya oreja fue perforada por amor, porque amaba a su señor.  

 

Ser siervo por amor le significaba ser herido de forma voluntaria, su cuerpo fue mutilado y era visible su marca; a partir de ese momento por doquier sería identificado porque llevaba sobre su cuerpo una impronta indeleble, era la marca del servicio por amor. 

 

Este siervo sería reconocido, no pasaría inadvertido para nadie, todos sabían que había renunciado a su propia vida, a sus anhelos personales más preciados, y ahora primaba en su vida la voluntad de su señor para siempre. Es como dijo el apóstol pablo: «Ya no vivo yo, más Cristo vive en mi…»Era una vida marcada para hacer la voluntad de su señor. 

 

El ministro-siervo cuya oreja ha sido perforada por el poder del llamamiento santo, NO ha sido llamado por Dios a trabajar por unos vanos y egoístas proyectos personales (Su bienestar), ha sido llamado para ser siervo por amor. Debemos ser hombres que sirven a Dios desinteresadamente, y con la única motivación verdadera que es el amor. 

 

V. APLICACIÓN  

Volvamos al texto inicial: (Jn 21:15-17) 

 

«Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? 

Le respondió: 

   -Sí, Señor; tu sabes que te amo. 

El Señor le dijo:  

   -Apacienta mis corderos. 

Volvió a decirle la segunda vez: 

   -Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? 

Pedro le respondió: 

   -Sí, Señor; tu sabes que te amo. 

Le dijo: 

   -Pastorea mis ovejas. 

Le dijo la tercera vez: 

   -Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? 

Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez: ¿me amas?, y le respondió: 

   -Señor, tu lo sabes todo; tu sabes que te amo. 

Jesús le dijo: 

   -Apacienta mis ovejas. 

 

Pedro había conocido a Jesús unos tres años atrás a través de su hermano Andrés, y aunque inicialmente no creyó que fuera el Mesías, una mañana al ser testigo de un milagro (La pesca milagrosa), llegó a entender que efectivamente era verdad: Jesús era el Cristo y se rindió a sus pies. Esa misma mañana Jesús lo llamó para que le siguiera, y este hombre motivado por sus nuevas convicciones dejó todo y siguió al Señor. Dejó de ser pescador y Jesús se comprometió a enseñarle personalmente como se llevaban los hombres al reino de los cielos, «yo te haré pescador de hombres», le dijo. Así que Jesús se encargó personalmente de perfeccionarlo para la obra del ministerio. Fueron tres años que Pedro siguió al Maestro, lo oyó, aprendió de el, y fue comisionado para el servicio. Era un Pedro impulsivo, decidido, con mucha iniciativa propia, con mucha confianza en sí mismo, y a veces es reprendido, pero en otras es ovacionado. 

 

Es una etapa en la vida de Pedro en la que prima su propia voluntad, sus anhelos personales, su independencia, hay una alta motivación y emotividad por el hacer, pero es señor de su propia vida, es su propio amo. 

 

Pedro se sobreestima, «Señor si todos te niegan yo no, lo haré»; confía demasiado en sí mismo: «Estoy dispuesto a morir por ti, y si te toman preso me tendrán que llevar a mi también». Al oírlo hablar así y luego verlo hiriendo al siervo del sumo sacerdote, parece que Pedro es incondicional, capaz de cualquier cosa; pero no es verdad, porque  al ver como las cosas se complican en el huerto el sale huyendo, y sigue la multitud enardecida pero de lejos,  luego se le ve amedrentado por las circunstancias negando con maldiciones al Maestro.  

 

Así que Pedro se confronta consigo mismo y entra en una etapa de confusión y de reflexión, busca a sus compañeros y todos están tristes, y un tanto decepcionados. 

 

Al maestro Jesús Nazareno, aquel que les había llenado la vida de esperanza diciéndoles que el era el Mesías, y  que ellos esperaban que él había de redimir a Israel, ahora lo han matado colgándolo de un madero, está sepultado, y los días van pasando. Para colmo de males al tercer día les llega la noticia que se han robado el cuerpo del sepulcro y que parece que los culpan a ellos de ese hecho, pero una mujeres dicen que el está vivo que ellas vieron Ángeles que les confirmaron que estaba resucitado, en realidad no saben que hacer ni que creer. 

 

Enfrentan un momento de desencanto, de expectativas no alcanzadas, de frustración y de vergüenza, están llenos de temores. Pedro está desconcertado no entiende. Las mujeres dicen que se les apareció, que si está vivo, que les mandó una razón, que quiere verlos. 

 

Ellos preocupados por la acusación del robo del cuerpo se encierran en una casa por miedo a los judíos, el ánimo está decaído, se sienten engañados como Jeremías. Unos creen, otros no pueden creer que haya resucitado. Así que Jesús se les manifiesta en el lugar donde están resguardados. Ese día Tomas no estaba y cuando le contaron lo sucedido no puede creer. 

 

Pasa el tiempo y entre tanto Jesús aparece y desaparece, y cuando ya casi están convencidos hay unos días que no lo vuelven a ver y pierden de nuevo la esperanza. Ante esto Pedro decide renunciar a todo, decide reorientar su vida y servicio de nuevo a suplir sus propias conveniencias personales y familiares. Tiene una familia y debe ver de ellos. Aquí Pedro esta dispuesto a desertar no ve garantías para sí, busca un escape a todo ese conflicto, algo que le retribuya en su desilusionadora experiencia. 

 

Entonces un día dice a sus compañeros yo regreso a la pesca. «Voy a pescar de nuevo». Ese «voy a pescar» suena  a la vieja vida de actividad orientada según su propia conveniencia. Era volver a la mezquindad del propósito personal, no era otra cosa que abandonar el llamado al ministerio, era desertar. 

 

Esa decisión de Pedro afectó a los otros que estaban también desmotivados. Esa en una etapa que mal manejada puede traer traumas colectivos en el servicio a Dios. Así que Jacobo, Juan, Tomas, Natanael y otros dos discípulos le dijeron: 

 

Vamos nosotros también contigo 

Salieron, pues, y entraron en una barca; pero aquella noche no pescaron nada. (Jn. 21:3) 

 

Al trabajar todo la noche y no pescar nada,  les queda claro a ellos, la inutilidad del activismo que busca suplir conveniencias personales. Tiempo atrás Jesús le había dicho: «separados de mí nada podéis hacer»,  pero ya no lo recordaban. 

 

Así las cosas, Jesucristo se les revela una vez más: 

 

Después de esto, Jesús se manifestó a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera:…Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa, pero los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: 

   -Hijitos, ¿tenéis algo de comer? 

Le respondieron: 

   -¡No! 

Él les dijo: 

   -Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. 

Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: 

   -¡Es el Señor! 

Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor se ciñó la ropa (Porque se había despojado de ella), y se tiró al mar. Los otros discípulos fueron con la barca, arrastrando la red llena de peces, pues no distaban de tierra sino como unos cien metros. 

Al bajar a tierra, encontraron un fuego encendido con un pescado encima, y pan. Jesús les dijo: 

   -Traigan algunos pescados de los que acaban de sacar. 

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red llena de grandes pescados, ciento cincuenta y tres, y aunque eran tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: 

   -Vengan a desayunarse. 

Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, Quien eres?, sabiendo que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y así mismo del pescado… después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: 

«Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?…» (Jn. 21:1, 4-13, 15) 

 

Como es el caso de Jeremías, o el de los apóstoles hay circunstancias que truncan todo ese anhelo de servir, y aunque amemos al Señor actuamos como si no lo amaramos, entonces se hacen notorias en nuestra vida ministerial otras motivaciones distintas al amor, pero es en ese momento traumático en que Jesús se nos revela otra ves de una forma especifica para ayudarnos. 

 

Como estos siete hombres habían perdido toda esperanza en cuanto a su llamado, Jesús se les manifiesta para reorientarlos de forma personal. Ese proceso reorientador sólo es posible cuando el Señor resucitado se le revela  otra ves a los suyos.  

 

Queda demostrado en este aparte de la escritura que cuando se pierde el horizonte del llamamiento y nos ocupamos sólo pensando en intereses personales, el maestro no nos desecha, sino que se nos manifiesta de nuevo para orientar nuestro servicio hacia él.  

 

Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa, pero los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: 

   -Hijitos, ¿tenéis algo de comer? 

Le respondieron: 

   -¡No! 

Él les dijo: 

   -Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. 

 

Ellos desilusionados regresaron a las redes para asegurar el sostenimiento de sus familias, ese era su interés mas inmediato, pero trabajaron toda la noche y no consiguieron nada, entonces Jesús resucitado desde la orilla les pregunta de forma casi irónica ¿Tenéis algo de comer?, ellos dijeron: ¡No!  

 

Cuando se tiene el llamamiento la más fructífera motivación para el servicio es el amor, por que las demás son un fracaso. Cuando servimos desinteresadamente Jesús de forma personal se encargará de suplir todas nuestras necesidades. Ellos aprenden que el servicio bajo la dirección del Señor es fructífero. Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis». Ellos obedecieron y ocurrió el milagro, una palabra de Jesús fue suficiente para que consiguieran en un momento lo que en toda la noche no habían conseguido. 

 

La manifestación del Resucitado pone todo en orden. 

 

Juan le dijo a Pedro: ¡Es el Señor!, Pedro sintió vergüenza de su situación, Jesús lo había encontrado desubicado, el sabía que no era en esa condición en la que Jesús quería verlo, así que se cubrió el cuerpo y se lanzó al mar. 

 

Cuando los otros discípulos descendieron a tierra, vieron algo extraño: el maestro que no tenía redes ya tenía un pescado asado sobre las brasas. Jesús les dijo: «traigan algunos pescados de los que acaban de sacar». 

 

Pedro salió del agua y no se fue donde estaba Jesús, sino que se subió a la barca y arrastro hasta la playa la red que estaba llena de grandes pescados y se puso a contarlos, eran 153 pescados. 

 

Jesús les dijo Vengan a desayunarse, entonces todos se acercaron, pero ninguno se atrevía a preguntarle quien era, porque sabían que era el Señor. 

 

En una actitud amorosa tomó en sus manos el pan y el pescado, y de su propia mano le repartió a cada uno. 

 

Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: 

 «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? 

Le respondió: 

   -Sí, Señor; tu sabes que te amo. 

 

Era como decirle: «¿Qué te pasó Pedro? ¿Por que volviste a pescar? te encuentro desubicado, tu eres un líder y ellos harán lo que tu hagas. 

 

Señor yo si te amo, pero las cosas eran tan confusas, las circunstancias eran tan difíciles, me pareció que lo mejor era eso y ellos me siguieron. 

 

El Señor le dijo:  

   -Apacienta mis corderos. 

 

Es como decirle a Pedro: «Sigue trabajando conmigo, necesito pastores, no te vayas a pescar de nuevo, deja eso ya, sigue sirviéndome y cuidando lo mío». 

 

Volvió a decirle la segunda vez: 

   -Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? 

Pedro le respondió: 

   -Sí, Señor; tu sabes que te amo. 

 

Es como decirle, repíteme una ves mas que si me amas, por que tus acciones me han demostrado lo contrario, si me amas ¿por qué no pudiste creer y esperar?  

 

Señor perdí la esperanza, me sentí engañado y decepcionado, estabas muerto y luego te vi dos veces, pero no volviste a aparecer más, creí que todo había terminado. Pero yo si te amo y tú lo sabes. 

 

Le dijo: 

   -Pastorea mis ovejas. 

 

«Pastorea mis ovejas» es obra pastoral, y para ello se exige, por sobre todas las cosas, un gran amor por el buen Pastor de las ovejas. 

 

Le dijo la tercera vez: 

   -Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? 

Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez: ¿me amas?, y le respondió: 

   -Señor, tú lo sabes todo; tu sabes que te amo. 

Jesús le dijo: 

   -Apacienta mis ovejas. 

 

Pedro estaba siendo confrontado por Jesús porque el hombre de Dios tiene que ser consistente internamente, no se trata sólo de manejar y vender una imagen, sino de una realidad interna que se expresa en lo vivencial. Lo importante en este punto no es lo que el hombre dice, sino lo que él es. Si me amas debes demostrarlo, no puedes dejarte mover de las circunstancias porque «el amor es inquebrantable como la muerte, como llama divina es el fuego ardiente del amor. Ni las muchas aguas pueden apagarlo, ni los ríos pueden extinguirlo» (Cant 8:6) 

 

Señor me entristece haber actuado como lo he hecho, porque te he mostrado todo lo contrario de lo que realmente siento en mi corazón; pero tú que lo sabes todo, sabes también cuanto te amo. 

 

Pedro: «te encargo de lo que más amo, mi iglesia, mis ovejas»  

Si verdaderamente le amamos, él pone bajo nuestro cuidado lo que más ama, y espera que siempre le sirvamos con amor inquebrantable y desinteresadamente. 

 

 

 

ADONAY ROJAS ORTIZ
Pastor
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Tres cositas

Iglesia Pentecostal Unida Latinoamericana. Poughkeepsie, NY.  Lunes 8 de noviembre de 2021

TRES COSITAS

Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oir, tardo para hablar, tardo para airarse, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.

(Santiago 1: 19 y 20)

Respecto a escuchar, a hablar, y a airarse

Siempre habrá dificultades en la vida y seguro que provocarán, y demandarán, una respuesta de parte nuestra. ¿Cómo reaccionamos? Procuremos ser extremadamente cuidadosos para que es respuesta sea la adecuada y en concordancia con los tres mandamientos del versículo que leemos hoy. Es impresionante la velocidad con la que salen palabras de nuestra boca, y mucho más en esos momentos de ira. Y la Biblia dice que la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Mejor esperemos a calmarnos antes de responder. Pongamos freno a nuestra lengua. El mismo Santiago dice que quien es capaz de refrenar su lengua es alguien digno de admirar. En la literatura sapiensal abundan las recomendaciones sobre el guardar silencio, el callar, y máxime si estamos en presencia de alguien importante. Son los tontos los que dan a conocer a todos su necedad al abrir pronto su boca para hablar. Si la hubiesen mantenido cerrada hasta por sabios habían pasado. Que Dios nos ayude a recordar siempre, lentos para hablar, lentos para airarnos, pero rápidos para escuchar.  

¡Que el Señor Jesucristo nos regale a todos un hermoso día hoy!

Maranatha…

¡Gracia y Paz!

Adonay Rojas Ortiz
Pastor
7869853401
691 Main Street
Poughkeepsie, NY12603
Jueves 7.30 PM Culto Evangelístico
Domingos 10 AM Oración y 11 AM Celebración familiar.
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ADONAY ROJAS ORTIZ
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